¿Qué notas en tu cuerpo físico cuando lees la palabra «sexo»?
¿Un cosquilleo en el abdomen? ¿Una contracción en el corazón?
¿Sientes deseo, curiosidad, adrenalina o entumecimiento?
Sea lo que sea, estoy segura de que sientes algo relacionado con el sexo.
Y tiene mucho sentido, porque el sexo es tu origen. Tú surgiste de la unión sexual de dos seres humanos.
El sexo es tu naturaleza. Es tu instinto primario.
Sin embargo, desde el momento en que naces, te rodea un mundo que te enseña que el sexo es malo, incluso pecaminoso.
Te dicen que no disfrutes tocándote, que eso no es lo que hacen los «niños y niñas buenos».
Con el tiempo, aprendes a ocultar tu alegría, tu deseo, tu placer. Te conviertes en un hombre o una mujer normal y civilizado, entrenado para «controlar» tu instinto animal.
¿Por qué el patriarcado y las instituciones espirituales, hace miles de años, separaron lo material de lo divino? ¿Qué beneficios tiene prohibir y castigar el instinto sexual natural de los seres humanos?
Cuando te hacen sentir mal por la expresión más natural de tu ser y te adaptas a una cultura reprimida, tienes un conflicto interno.
Y la cultura moderna se nutre de ese conflicto. Porque te falta algo. Tienes hambre. Te sientes avergonzado. Y, por lo tanto, eres fácil de manipular. El sistema capitalista-patriarcal se alimenta de tu insatisfacción sexual. Prospera mientras sigas comprando cosas que no necesitas, tratando de adormecer el vacío interior y el conflicto en torno al sexo. Por eso el sexo se vende tan bien: en anuncios con personas semidesnudas, en productos de belleza, en la moda y más allá.
Si nadie te inicia en el sexo, es probable que te eduques a través de la pornografía, las películas o las revistas. El mensaje que transmiten es claro: el sexo tiene que ver con el rendimiento, no con la presencia. Se trata de intensidad, fricción y clímax, una carrera hacia el orgasmo, idealmente alcanzado juntos.
Más allá de estos mitos, la cultura moderna te seduce con estereotipos de género que prometen atracción y éxito en la búsqueda de una pareja que quiera tener sexo contigo.
Como mujer, desde una edad temprana aprendes que tu valor y tu atractivo dependen de lo mucho que tu cuerpo se parezca al de Barbie, la mujer «perfecta».
Te entrenan para desconectarte de tu sentido interno de la belleza, para percibirte desde el exterior, para comparar, corregir y controlar tu cuerpo.
Como hombre, estás igualmente condicionado. Aprendes a ver a las mujeres a través del lente de la perfección: a comentar su grasa abdominal, a hacer bromas sobre su pelo revuelto, a comparar, a cosificar. Tu cerebro se programa para responder a la imagen de una mujer en lugar de a la experiencia de ella. Te seduce el envoltorio más emocionante y prometedor.
Así que cuando finalmente os encontráis en la cama, como mujer, es posible que no te relajes ni te abras por completo, preguntándote: «¿Soy lo suficientemente atractiva?».
Y como hombre, es posible que te cueste amarla de verdad, porque te han enseñado a relacionarte con ella como si fuera un objeto.
Al seguir estos ídolos culturales y experimentar el conflicto interno entre el deseo y la represión, es posible que te hayas encontrado en una situación de frustración, soledad o depresión. Tu cuerpo físico puede responder a tu vida sexual con dolor, entumecimiento o disociación. Quizás te hayas preguntado: «¿Qué me pasa? ¿Por qué no puedo disfrutar del sexo?».
En este momento te encuentras frente a dos caminos: renunciar al sexo o atravesar la puerta que te abre tu dolor.
Si eliges atravesar la puerta y mirar directamente a la cara tu dolor y tu frustración, si te comprometes a tomar responsabilidad radical de lo que estás sintiendo y experimentando, el sexo te lleva al fondo de tu mundo interior. Te muestra toda la carencia, todo el dolor, todos los lugares donde ha faltado el amor en tu vida y en tu cuerpo.
Probablemente vas a querer crear un contenedor seguro y claro con un/a compañero/a para tu proceso de sanación. Y también asumir un compromiso claro para darle espacio, energía y tiempo a tu transformación.
Surge la necesidad de encontrar un nuevo propósito para tus encuentros sexuales. La intención del sexo ya no es la satisfacción ni la descarga mutua. Así, eligen convertir poco a poco el sexo en “hacer el amor”. El amor empieza a manifestarse y a moverse a través de tu cuerpo y del cuerpo de tu compañera/o. El tacto, los besos, la mirada y la respiración ya no están motivados por la excitación ni por complacer al otro, sino por el amor.
Emociones no completadas flotarán a la superficie, a veces manifestándose en síntomas físicos. Si dejas fluir tu sentir, si expresas con todo tu cuerpo lo que estas viviendo, si permites la energía fluir de nuevo, el amor estará poco a poco limpiando, sanando y reconectando tus genitales y tu corazón.
Si invitas la presencia, la lentitud y la pasión inocente a tus espacios eróticos, tus genitales irán recuperando su naturaleza: una fuente infinita de amor, creación y placer divino.
Hacer el amor de esta manera genera un campo de amor, nutrición y regeneración sublime entre tu compañera/o y tú. El amor que generan en sus encuentros empieza a expandirse hacia tus hijos, tus amigxs y tus co-creaciones con otros seres.
Este es el secreto de la sexualidad consciente: en tu cuerpo vive una fuerza inmensa —el Eros, tu energía creadora— y tienes la posibilidad de usarla con conciencia y dirección para sanar, llamar y manifestar aquello que deseas invocar en tu vida.
El sexo consciente es una comunicación directa con la fuente de toda creación.
